Ascenso 2


-No tienes madera de líder.

Así respondió cuando le planteé la posibilidad de sucederle en el cargo ante su inminente jubilación. Ni siquiera se molestó en matizar la respuesta aun a sabiendas de que yo era la elección lógica. Me cogió tan desprevenido que no supe qué responder. Acto seguido estalló en una sonora carcajada y me dio varias palmaditas en la espalda, como si mi petición fuera una chiquillada.

 De vez en cuando, esa risa aún resuena en mi cabeza.

Pero eso fue hace tres meses.

 

Me han movido. Levito. Floto en medio de la nada, mecido por el viento.

 

Dejé pasar dos meses y medio tras su rechazo antes de dejarme caer, un jueves por la noche, en el bar donde se reúnen los altos ejecutivos al salir del trabajo. Le localicé con facilidad, consiguiendo integrarme en su grupo de forma natural. Empujones suaves, dos sonrisas y algún brindis con una cerveza en la mano, todo según los cánones. Somos animales sociales muy bien adiestrados. Me mantuve a una distancia prudente y, cuando vi la ocasión, propuse lo del fin de semana de escalada, “este tipo de actividades refuerzan el tejido de la empresa” rematé (sin mirarle, por descontado) sabiendo que sólo uno de ellos se apuntaría al plan… Uno que nunca desaprovechaba cualquier oportunidad para alardear de sus dotes como escalador. Un hombre “hecho a sí mismo”.

A los tipos como él no les basta con tener un sueldo a años-luz del resto. Necesitan humillar a todo bicho viviente. Incluso a los bichos que, aunque no presumen, trepan mejor que ellos.

 

No siento las manos ni los pies. Me duelen horrores nariz, mejillas y orejas. Palpitan. Alguien a mi lado grita que no me duerma. Créame, estoy bien despierto, aunque no se note.

 

Tras cuatro horas de travesía a buen ritmo, llegó el momento de atacar el plato fuerte de la jornada, una pared vertical imponente. Ciento treinta metros de desnivel que nos llevarían hasta la cumbre. Yo iría primero, asegurando la vía.

Cubrimos sin dificultad el primer tercio del trayecto, pero el tiempo empeoró sin previo aviso. La bajada repentina de temperatura presagiaba tormenta. Decidí improvisar sobre la marcha, sólo para jugar, preguntando a mi “superior” si regresábamos. Negó con la cabeza, tan orgulloso como siempre. Nunca le pillarían en un renuncio. El cielo se nubló y comenzó a nevar con fuerza

Mejor. Cuanto más alto, mejor.

 

Entreabro los ojos. Luz. Parece que la tormenta ha amainado. Cada vez más cerca el sonido de un motor. Un helicóptero. Me elevan encamillado. Más voces. “Pulso débil. No responde. Está muy mal”. Cierto, amigos, he tenido días mejores.

 

Casi bloqueados en los ochenta metros, atrapados en medio de la ventisca que golpeaba con toda su intensidad, comprendí que había llegado el momento. Era mi “ahora o nunca” particular. Saqué la pequeña navaja que guardaba en el bolsillo y, de dos tajos, corté la cuerda que me unía a él. Sintió la falta de tensión justo cuando se disponía a avanzar, asiéndose a un anclaje ya inexistente. Me miró, haciendo aspavientos con ambos brazos, sorprendido, como si creyera que iba a recuperar el equilibrio antes de dejar que la fuerza de la gravedad hiciera su trabajo. Y fue entonces cuando, por fin, pude responderle:

-¿Tienes madera de pájaro…?

Nunca sabré si lo entendió. De hecho, incluso dudo que me escuchara con la tormenta de fondo. Lo único cierto es que pareció querer volar mientras se sumergía en la blancura que nos rodeaba, rebotando varias veces en la pared antes de desaparecer por completo de mi vista.

 

Me tapan y masajean. Reconforta. Intento hablar, separar lo que antes fueron mis labios, pero no consigo articular palabra. “Todo saldrá bien, amigo, todo saldrá bien”. Bien no, genial. Ha salido genial

 

Con dificultad llegué hasta un pequeño risco, a unos quince metros de la cima. Una vez allí, envié mis coordenadas a los servicios de emergencias desde el móvil, confiando en que los datos llegaran a su destino. Sin equipamiento adecuado para resistir las bajas temperaturas, aguanté despierto todo lo que pude. Mi plan había sido un éxito. Hasta el temporal jugaba a mi favor, haciendo más verosímil la coartada de la cuerda rota. Pero quizá me quedara a medias. Quizá me quedara dormido para siempre

 

Por fin la cigüeña con hélices en lugar de alas que me traslada se posa en tierra, con suavidad. Me siento, con razón, como un recién nacido. Y sí, tiene gracia que hayan acabado rescatando al verdugo en lugar de a la víctima. Se les ve orgullosos. Cuando me recupere averiguaré los nombres de los integrantes del equipo de emergencias y les daré las gracias en persona por su impecable labor. Será durante mi primer discurso como nuevo Director Ejecutivo de Global Sales Limited. Apoteósico. Me va a costar la nariz y algún que otro dedo dedo pero, como decía mi antecesor en el cargo “Nada que valga la pena se logra sin esfuerzo”. Duele, pero río.

 

Joder, ¿cómo no me voy a reír…?


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2 ideas sobre “Ascenso

  • Chus

    Está genial!.
    La gente es capaz de cortar cuerdas en tal de trepar, les da igual quien caiga, y las secuelas que les pueda dejar, lo importante es coronar. Jajaja
    Lo único, que una cuerda de escalada si se corta con navaja se nota mucho que no es por desgaste. Jajaja
    Pero me parece genial.
    Enhorabuena.

    • endolinfa Autor

      Muchas gracias por el comentario (no lo había podido leer hasta hoy porque no entro mucho a la web). En efecto, lo de la investigación forense sobre la cuerda lo pensé, e iba a incluir una coartada relacionado con eso, pero hacía el relato más denso. Muy bien visto. Y bien leído. Da mucho ánimo