EL GATO CON GUANTES 2


De vez en cuando vuelvo a tener diez años.

Nuestro planeta ha sido invadido por lagartos procedentes de la estrella Sirio. Forrados de látex y con pelucas, han conseguido hacerse pasar por humanos. No es algo nuevo. La táctica del disfraz ya la puso en práctica otro alienígena en su visita a la Tierra que, por suerte -para nosotros pero, sobre todo, para él-, prefirió regresar a su casa. Todo hace pensar que, en esta ocasión, la fortuna nos sonreirá de nuevo. Las autoridades han confirmado que se trata de una conspiración a tiempo parcial. Únicamente deberemos esforzarnos en desenmascararlos y rebelarnos contra el yugo de su tiranía uniéndonos a la Resistencia los sábados por la tarde, después de merendar.

Buceo de nuevo en esa realidad teñida de nostalgia y colores saturados, peinados cardados de volumen inconmensurable sustentados a costa de la capa de ozono, planes de desertores que me encanta que salgan bien, lloros y pataletas con el único objetivo de conseguir subir a la atracción del pulpo en la feria para acabar vomitando media mazorca de maíz. Y, entre todas esas aventuras y fantasías -porque no hago distingos entre realidad y ficción- mi personaje favorito de lunes a viernes es, sin lugar a dudas, Doña Feli.

Desde que la conocí, con siete añitos, no me cupo duda. Feli era diminutivo de Félix. Como Rodríguez de la Fuente, el amigo de los animales. Y me cayó bien. Alta, inmensa, achuchable, neumática. Doña Feli era la Mammy de “Lo que el viento se llevó” en versión patria. Piel cetrina. Pelo corto, canoso. Una Gloria Fuertes bronceada y con voz más nasal, más dulce, igual de musical. Capitaneó, sin aparente esfuerzo, un velero bergantín de nombre AULA, con treinta grumetes a bordo, rumbo a secundaria a través del proceloso mar de los años ochenta. Y consiguió que le habláramos de usted no por imposición, sino porque hizo lo propio con nosotros desde el primer día. Más que con cortesía o educación, con un cariño inabarcable, como sus abrazos. Éramos niños disfrazados de mayores. A plena luz del día. Y nos divertía.

Su más valiosa -por inusitada- arma para mantener la paz a bordo eran los refranes. Tenía uno a mano para cada situación.

¿Que dos o más alumnos nos disponíamos a liarnos a tortas con la excusa más peregrina? Ella terciaba, nos separaba -con la facilidad con la que un ajedrecista mueve un peón- y sentenciaba, agachándose hasta quedar a nuestra altura, con la única intención de alinear su mirada con la nuestra: “Si uno no quiere, dos no riñen”.

¿Alguien levantaba la mano para responder a una cuestión planteada -cual Superman dispuesto a alzar el vuelo- y erraba en la respuesta, con la consiguiente risita general mal disimulada? Por el horizonte asomaba Doña Feli, rauda, al rescate: “El que tiene boca se equivoca”.

Funcionaba. Sin casi darnos cuenta descubrimos una extraña cualidad llamada maña (más tarde quedó claro que era mucho más útil que la fuerza). Debíamos hacer el bien -oh, sorpresa- sin mirar a quién. No había ningún Pedro en nuestra clase, pero ella se encargó de que nos sintiéramos tan cómodos como él en su casa. A ese renacuajo que fui le dedicó más de una vez un “Gato con guantes no caza ratones” cuando, en invierno, con la temperatura en la cubierta del AULA cercana al cero absoluto, me empeñaba en escribir con las manos calentitas a costa de una caligrafía ilegible porque el Bic de turno se escurría entre mis dedos. Con ella aprendimos, si no a querernos, sí al menos a respetarnos. No parece mucho, pero lo es todo.

Y así, mientras el arqueólogo Henry Walton «Jones» Junior forcejeaba con el Sumo Sacerdote de los Thuggees para evitar que le arrancara el corazón sin preoperatorio al borde de un precipicio, Doña Feli se ganó el nuestro con -todo hay que decirlo- mucho mejores maneras. Y, que yo recuerde, sin recurrir a sacrificios humanos en ningún momento. Hasta que el día menos pensado atracamos en el puerto de Sexto, situado en la bahía del Ciclo Superior, y nos tocó ceder nuestros camarotes a una nueva tripulación que se enrolaba en el AULA para escribir sus propias historias.

De vez en cuando -cada día- vuelvo al presente. Un presente en el que ella ya no reside hace tiempo. Y es justo ahora, con la llegada del frío, cuando ese renacuajo que fui -transformado hoy en un gigantesco y hermoso sapo- se pone los guantes al salir de casa y sonríe sin que nadie sepa por qué. Pues bien; el secreto de este señor es que todavía le vienen rágafas de Doña Feli a la mente. Y al corazón. Y vuelve a sentirse, de nuevo, un gato con guantes.

 

 

P.S. Pasé años convencido de que mi personaje favorito del mundo mundial se llamaba Doña Félix y resultó -lo descubrí más tarde- que el nombre completo de Feli era Felicidad.

«Como anillo al dedo»

 

 


Responder a endolinfa Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

2 ideas sobre “EL GATO CON GUANTES